domingo, 2 de agosto de 2009

Carpeta de recuerdos* UNA MARCHA, UNA REFLEXIÓN, UN MENSAJE

El día lunes 4 de febrero, pensaba que para conocer la profundidad del mar debería sumergirme en él; para gozar el carnaval tenía que vivirlo y, para entender el significado de la marcha, tenía que caminar, y así lo hice. Y lo hice observando hasta el mínimo movimiento de la masa y el menor gesto del marchante, nacional o extranjero. Encontré el espacio y el tiempo propicio para la reflexión y, sin dejar volar la imaginación, sumido en cuerpo y alma en la corriente humana que me llevaba sin saber adonde, disfrutaba del hálito que refrescaba la generosidad del astro rey que recargaba las energías de aquellos caminantes unidos por las manos y sus pensamientos y que desde el fondo de sus corazones enviaban un mensaje al país, al mundo y seguramente al universo. Y sentí que era claro y contundente, fuerte y enérgico, era una expresión sin odio - de rechazo sí - pero sin ojeriza. Las consignas parecían más el coro de una moderna canción, canción a la paz y a la libertad, canturreada por voces de aquellos que hoy no sienten temores, vergüenzas o penas y que un buen día decidieron emanciparse, cortar ese cordón umbilical que los unía a la pasividad. Resolvieron salir del closet donde los mayores hemos permanecido por las últimas décadas escondiéndonos de la barbarie y de la violencia siendo silentes testigos y, con esa actitud, cómplices insólitos de la corrupción imperante que dentro del estamento corroe las fibras de una sociedad que no les ofrecía futuro. Son los jóvenes, dinámicos e irreverentes, que decidieron entonces - muchos sin llegar a la mayoría de edad - romper el círculo vicioso de la indiferencia de las clases sociales acomodadas soterradamente a la espera de que el gobernante de turno, generalmente en solitario, encontrara la solución a la problemática que acaba con unos y hace ricos y poderosos a otros, contaminando al país con un flagelo de mil cabezas. Y es que no es más ni menos que la sumatoria del terrorismo, el narcotráfico, la corrupción, aliñada por la malévola intromisión de transitorios gobernantes, alejados de la realidad de sus países, el monstruo de mil cabezas que hoy, la juventud colombiana está dispuesta a contribuir para exterminarlo. Las razones son categóricas: se cansaron de ver acumular una deuda social que tienen que pagar sin haber recibido ningún beneficio; se fastidiaron de la incomodidad por no poder disfrutar en armonía del país en el cual les correspondió evolucionar y ser adultos de bien. Ellos rompieron esa brecha generacional, en fecha inolvidable, y, de la mano de nosotros los mayores, enviaron un mensaje sencillo, claro, hasta humilde y con amor a todos los involucrados en el conflicto para que se oyera en todos los rincones de la tierra:
¡Arreglen esto, que no están solos, estamos los jóvenes ¡
Que buena onda chinos…

José Vicente Mogollón C.
* Ésta nota fue escrita el 5 de febrero de 2008

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